Adictos al juego, ludopatía con Gaby Machuca

Definición de altanero
Por: Fuckencio Losa
El adjetivo altanero se utiliza para calificar a la persona que es arrogante o vanidosa. La altanería, de este modo, se asocia a la soberbia. Por ejemplo: “No soporto al nuevo jefe: es altanero e irrespetuoso”“Altanero, el boxeador estadounidense aseguró que su rival no aguantará más de dos minutos arriba del cuadrilátero”“De joven era un poco altanero, pero luego aprendí la importancia de ser humilde”.
Un jugador de fútbol que se autodefine como “el mejor del mundo” y que se atribuye a sí mismo los logros de su equipo puede ser definido como altanero. Lo mismo puede decirse sobre el candidato a presidente que afirma, en una entrevista, que es el único dirigente con la inteligencia y la capacidad suficientes para lograr que su país salga de una crisis.Por lo general, los sujetos altaneros tienen problemas en sus relaciones sociales. Cuando alguien actúa de modo soberbio y altivo, es probable que el resto de la gente se sienta molesta. Lo contrario a la altanería es la humildad, un valor apreciado a nivel social y que facilita los vínculos.
Exactamente podemos decir que se considera que una persona será calificada como altanera cuando se den estas circunstancias fundamentales:
-Se considera a sí misma mejor que los demás.
-No duda en corregir a los demás cuando, según su criterio, han dicho o hecho algo incorrecto en base a sus valores o ideas.
-Cree que no hay quien no le considere guapa, atractiva y sexy.
-Rechaza las críticas y no duda en atacarlas duramente.
-No duda en manifestar que todos la aman.
-Tiene absoluta confianza en sí misma.
-No duda en hablar constantemente de ella misma, de todo lo que ha hecho o dicho, de los objetivos que ha alcanzado…
Altanero también es un adjetivo que se aplica a las aves rapaces que tienen la capacidad de volar a gran altura. El águila y el halcón son dos animales altaneros ya que, por sus características físicas, pueden realizar vuelos a mucha distancia de la superficie.



 Humildad

Por:   

El hombre necesita fortalecer su confianza; ésta va creciendo con la experiencia de la vida y el aprendizaje diario; la confianza de caminar erguido, a paso firme; eso no implica que no tengamos humildad o sencillez, la humildad no está reñida con tener seguridad plena nuestros valores y en tus propias decisiones para desenvolvernos en sociedad. El exceso de confianza nos hace soberbios, arrogantes, despiadadamente ciegos ante la realidad, porque todo lo vemos en razón de nuestro propio espejo y terminamos siendo los único con ideas y tentáculos de saber, en un mundo artificial creados por nosotros mismos. Eso sí, en ocasiones es necesario dejar salir esa arrogancia para imponerse ante otra que nos agrede, porque nadie tiene el derecho de minimizar a nadie, menos subestimarlo y designarle calificativos despectivos y maliciosos.
En el ámbito universitario, institucionalmente me refiero, es un espacio muy ganado para entorpecer esa humildad; dado que hay un culto a la idolatría, es muy difícil erradicar esas acciones humanas que hacen de los hombres seres mínimos e intrascendentes. Se suele decir: “con la cabeza sobre los hombros y los pies en el suelo”, para designar el papel verdadero que cada uno de nosotros debería tener en el tránsito por la vida; pensamos que para crecer es necesario resguardar lo que conocemos y no entendemos que el crecimiento se fortalece y proyecta, en la medida que compartimos conocimiento y nos acercamos a nuestros semejantes con la idea clara de que no lo sabemos todo, que no somos los únicos que llevamos razón, de este modo entenderemos, cada día, que es muy importante abrir los ojos, los oídos, todos nuestros sentidos, para observar y escuchar el aliento en cualquier palabra, en cualquier gesto o en cualquier movimiento,  absorbiéndolo y aumentando las habilidades y destrezas para enseñar y transmitir parte de nuestras creencias y culturas. ¿Es negativo creer o asumir nuestras creencias como válidas? En absoluto, es necesario confiar en nosotros mismos, pero respetando las creencias y el sentir de los demás. El humilde no se queda segundo plano, no es malo estar al frente de tus sentimientos y de tus ideas, se hace necesario resaltar los valores, creando un equilibrio entre lo conocido y lo por conocer, eso es humildad.
Ahora bien, articular esa humildad implica establecer criterios de modestia, pero no hay que ser exagerados con ella, debe imponerse la confianza y la plenitud de valores que hagan madurar al ser humano, valores que trasciendan el espíritu y no que lo opaquen o minimicen. Ahora bien, intentar definir la humildad de manera integral y holística, es imposible. Porque la humildad no es un concepto, es una conducta.
La humildad es un modo de ser, un modo de vida; es una virtud entre virtudes, la más noble del espíritu. Los seres que carecen de humildad, carecen de la base esencial para socializar exitosamente; las cualidades sin humildad, representan lo mismo que un cuerpo sin alma; la humildad implica fortaleza, plenitud hacia lo humano.
En las Sagradas Escrituras, la humildad aparece reflejada en varios apartes de los libros de los apóstoles. En el primero de Pedro 5:5, “Revestíos de humildad hacia los demás, porque Dios resistea los soberbios y da gracia a los humildes…” Según esta cita, Dios dice que cuando se es humilde, se es libre de orgullo y arrogancia. La humildad divina es estar a gusto con lo que eres en el Señor y por lo tanto poner a otros primero; el sentido de humildad en la Biblia es uno de amar a otros, no siendo débil.
En Filipenses 2:3., se lee: “No hagan nada por egoísmo o vanidad, sino con humildad consideren a los demás como superiores a sí mismos”…y en 2:5-8., “Él, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa ha que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Más aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz…” Por su parte, en Proverbios 15:1, se dice que: “Puedes desactivar los argumentos cuando eres humilde y no tienes que ganar cada discusión. La blanda respuesta quita la ira, más la palabra áspera hace subir el furor”.
También en Efesios 4:29, se dice: “Tu puedes hablar con cortesía y con amor, independientemente de la situación, incluso si tienes que ser firme o tomar acciones fuertes. No permita que ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino lo que es útil para la construcción de otros de acuerdo a sus necesidades, que puede beneficiar a aquellos que escuchan”. Es decir, cuando nos humillamos, nos sentimos fuertes en el Señor; no se necesita estar a la defensiva, porque cuando escuchamos como creyentes al Padre, él dice que se debe examinar los motivos y actitudes. Y en Mateo 21:12 y Marcos 11:15-16, dice: “Jesús fue humilde de espíritu, sin embargo, corrió a los cambistas del templo”. Y éste es un ejemplo de que la humildad no es sumisión ni entrega de nuestros principios y deberes.
A grandes rasgos, la humildad viene del antiguo alto alemán diomuoti, que significa voluntad de servicio, que en realidad es una mentalidad de siervo, y fue desarrollado por Martín Lutero para traducir la Biblia expresiones tapeinophrosyne (griega) o los de América, traducción humilitas utilizados; en el contexto cristiano es la actitud de la criatura, en analogía del Creador de la relación de siervo del Señor. De forma más general, la humildad es la "virtud, que pueda surgir de la conciencia de retraso infinito detrás de la búsqueda de la perfección (Dios, moral modelo ideal, lo sublime); es también la renuncia en la visión de la necesidad justificada y la voluntad de aceptación de las condiciones en el contexto de la vida. El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), trató de descristianizar la humildad y la definió como el “…sentimiento de confianza y de baja capacidad de su valor moral en comparación con la ley es la humildad (humilitas moralis)”; y el también filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), expresó que la humildad es uno de los ideales peligrosos, difamatorio detrás de la cual la debilidad y la cobardía, la piel, por lo tanto, la entrega a Dios; en el contexto de estos filósofos la humildad es una actitud de verdad ante la realidad, pero de la cual no deberíamos depender. La humildad es una virtud de realismo, consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia.



La soberbia


Por:Tomás de Aquino

¿Qué es la soberbia?

La palabra “soberbia” se puede entender en dos sentidos: uno positivo y poco frecuente, y otronegativo y de uso ordinario, según si aquello a que se aspira es, respectivamente, bueno o malo[8]. Esta sería una acepción material del término. Sin embargo, formalmente hablando, el vocablo designa un vicio negativo del espíritu, el superior a todos. El sentido positivo es el que, por ejemplo, en una universidad, designa que ésta lo sigue siendo y crece como tal. En cambio, el negativo es el más eficaz disolvente de la institución universitaria.
Tomás de Aquino indica que soberbio es el que tiene un amor desordenado hacia su propio bien por encima de otros bienes superiores[9]. El sólo hecho de dudar si existen bienes superiores al propio ya es, pues, síntoma de este defecto. Es amor desordenado, porque como el soberbio no se conoce como quién es, sino que tiene un conocimiento de sí como de aquél que quiere ser, desea para él lo que no le es adecuado. La describe como el apetito inmoderado de la propia excelencia[10] que, de paso, rebaja la dignidad ajena[11]. Desde luego, la exelencia es debida a alguna cualidad buena[12]; por eso, se puede referir a diversas aptitudes humanas[13]. Por el contrario, añade que el humilde no se preocupa de la propia excelencia, pues se considera indigno[14]. Advierte también que la soberbia es la madre[15] y reina[16] de todo defecto, es decir, su origen y su fin[17]. De modo que las otras lacras, como hijas naturales, tienen cierto parecido a la madre[18] y, asimismo, cierta propensión a rendirle honores[19].
Otra nota que el de Aquino atribuye a la soberbia es que este defecto radica en la voluntad[20], y, precismente por considerarla una mala inclinación de esta potencia humana, añade que el soberbio no se subordina a su recto conocimiento propio, de modo que pueda percibir por él su distintiva verdad[21]. Por el contrario, nota que la humildad se ajusta al adecuado conocimiento que alguien tiene de sí[22] (“donde hay humildad hay sabiduría”, dice laEscritura[23]). Por eso admite que la soberbia impide la sabiduría[24]. También advierte que las verdades directamente impedidas por la soberbia son aquellas que se denominaban “afectivas”[25], es decir, unas de las más altas que sólo las personas virtuosas conocen por connaturalidad. En rigor, el fruto seguro de este defecto es la ceguera de la mente[26].
No obstante, si bien se mira, la soberbia no inhiere en la voluntad, sino –como su carcoma[27]– en lo más neurálgico de nuestra intimidad, de donde procede toda malicia, y a donde toda corrupción se ordena[28]. Sí, nadie se reduce a su voluntad, y es en esa realidad personal irreductibilble donde anida la soberbia y la peor ignorancia, lo cual le llevó a clamar a San Pablo: “de la ceguera del corazón, líbranos Señor”[29]. Por eso se entiende que la perfección contraria, la humildad, sea –más que una virtud de la voluntad– la fuente personalde todas las virtudes. También por esto la humildad, en cuanto que remueve la soberbia, es la sal que preserva toda virtud[30]. Si el vicio de la soberbia es el más grave, también será el más tenaz y perdurable, porque es el que está más hondamente radicado en nuestro ser; tan fuerte que extingue todas las virtudes y corrompe todas las potencias humanas[31]. Por lo que se refiere sus los tipos, Tomás señala que uno es el de aquel que se gloría en sus cualidades, y otro el de quien se arroga lo que le sobrepasa[32]. Obviamente el segundo es peor –también más ciego– que el primero.
El carácter distintivo de este defecto respecto de los otros lo cifra el de Aquino en que en cualquiera de los demás se da siempre cierto defecto; sin embargo, el mal en éste se toma de la perfección a la que desordenadamente se aspira[33]. Efectivamente, la soberbia tiende a lo excelso[34], pero sin un “pequeño detalle”: la rectitud. Se distingue de la vanidad o vanagloria(la más afín a aquélla[35]), es decir, del amor a la gloria mundana[36], porque la primera es el deseo desproporcionado de cualquier gran realidad; la segunda, en cambio, tiende a la sóla grandeza externa, la alabanza y el honor[37], es decir, a ser considerado superior a quien se es, pues así como el honor social es –según Aristóteles– el premio debido de la virtud, la soberbia busca ese honor pero sin virtud. La una es interna (latens in corde[38]), mientras que otra es una manifestación suya externa[39].
La soberbia se distingue de la avaricia en que la primera es descabelladamente ávida de bienes inmateriales, mientras que la segunda lo es de los sensibles. Se diferencia de la lujuriaen que ésta engendra torpeza, mientras que la soberbia intentando “pasarse de lista” logra la peor ignorancia. De la gula, en que ésta tiende a lo fácil, mientras que la otra a lo arduo. De laenvidia, en que ésta se entristece por el bien ajeno; en cambio, la soberbia se entristece por la carencia del bien propio que insensatamente desea. De la pereza, en que ésta –como dice el refrán castizo– “ni lava ni peina cabeza”, mientras que la soberbia es trabajosa, pues siempre anda maquinando cómo acrecentar el propio prestigio. La tentativa de justificación de estas actitudes es –según indica– plural, pues unas veces se las tiende a disfrazar bajo el aspecto de la magnanimidad, otras, bajo el de audacia, ya que el soberbio pretende –aunque sin orden– aquello que le supera[40].
Se presenta la soberbia, sobre todo, en dos frentes, y en ambos se parece a un tumor[41]maligno y con metástasis: en el de la ciencia, y en el del poder[42]. En cuanto a la ciencia, es bien conocido que ésta hincha[43], pues el que se cree que sabe, todavía no sabe como es debido. Por lo que al poder respecta, dos son las posibles causas de soberbia: la altura del status y las obras[44]. No es extraño, pues, que, sobre todo en una sociedad como la nuestra donde “mandar” y “obedecer” no significan exclusivamente “servir”, la soberbia se manifieste en el sentirse “señor” del cargo en vez de “administrador” del mismo[45]. Tomás añade que este defecto afecta sobremanera a la juventud[46]. Con todo, no es sólo un problema de gente joven, pues con el paso de los años este defecto parece volverse tan acrisolado y retorcido como encubierto. También declara que incide más en las personas públicas que en las privadas[47].
Seguidamente se intentan rastrear tres ámbitos de este defecto. Se atiende, en primer lugar, a la soberbia para consigo mismo; en segundo lugar, para con los demás y, por último, con referencia a Dios.

Egoísmo

Por:Immanuel Kant

Desde el día en que el hombre empieza a expresarse diciendo yo, saca a relucir su querido sí mismo allí donde se le permite, y el egoísmo progresa inconteniblemente; si bien no de modo patente (pues entonces se le opone el egoísmo de otros), al menos encubierto bajo una simulada negación de sí mismo y una pretendida modestia, para hacerse valer de preferencia con tanto mayor seguridad en el juicio ajeno.
El egoísmo puede encerrar tres clases de arrogancia: la del entendimiento, la del gusto y la del interés práctico; esto es, puede ser lógico o estético o práctico.
El egoísta lógico tiene por innecesario verificar el propio juicio con el entendimiento de los demás, como si no necesitase para nada de esta piedra de toque (criterium veritatis externum). Pero es tan cierto que no podemos prescindir de este medio para asegurarnos de la verdad de nuestro propio juicio, que acaso es ésta la razón más importante por la que el público docto clama tan insistentemente por la libertad de imprenta; porque cuando no se concede ésta, se nos sustrae a la par un gran medio de contrastar la rectitud de nuestros propios juicios, y quedamos entregados al error. No se diga que al menos la matemática tiene el privilegio de sentenciar por su propia autoridad soberana; porque si no hubiese precedido la universal concordancia percibida de los juicios del matemático con el juicio de todos los demás que se han dedicado con talento y solicitud a esa disciplina, no se habría sustraído esta misma a la inquietud de incurrir en algún punto en el error. — Pues hay incluso casos en que no confiamos en el juicio aislado de nuestros propios sentidos, por ejemplo, cuando dudamos si un tintineo existe meramente en nuestros oídos o es la audición de campanas tocadas en realidad, sino que encontramos necesario preguntar, además, a otras personas si no les parece también así. Y si bien al filosofar no debemos precisamente apelar al juicio de los demás en confirmación del propio, como hacen los juristas con los juicios de los peritos en Derecho, todo escritor que no encontrase partidarios y se quedase solo con su opinión públicamente declarada (de importancia, en otros casos) vendría a ser sospechoso de error por este mero hecho.
Justamente por esto es un atrevimiento hacer en público una afirmación que pugne con la opinión general, incluso de los inteligentes. Esta apariencia del egoísmo es lo que se llama la paradoja. No es una audacia osar algo con peligro de que no sea verdadero, sino sólo con el de que pudiera encontrar acogida por parte de pocos. — La predilección por lo paradójico es la obstinación lógica de no querer ser imitador de los demás, sino de aparecer como un hombre extraordinario, aunque en lugar de esto sólo se hace, con frecuencia, el extravagante. Pero, dado que cada cual ha de tener y sostener su propio parecer (si omnes patres sic, at ego non sic, Abelardo), el reproche de paradoja, cuando ésta no se funda en la vanidad de querer meramente diferenciarse, no implica nada malo. — A lo paradójico se opone lo cotidiano, que tiene a su lado la opinión general. Pero en lo cotidiano hay tan poca seguridad como en lo paradójico, si no todavía menos, porque adormece, mientras que la paradoja despierta el ánimo y lo hace atender e indagar, lo cual conduce frecuentemente a descubrimientos.
El egoísta estético es aquel al que le basta su propio gusto, por malo que los demás puedan encontrarlo o por mucho que puedan censurar o hasta burlarse de sus versos, cuadros, música, etc. Este egoísta se priva a sí mismo de progresar y mejorar aislándose con su propio juicio, aplaudiéndose a sí mismo y buscando sólo en sí la piedra de toque de lo bello en el arte.
Finalmente, el egoísta moral es aquel que reduce todos los fines a sí mismo, que no ve más utilidad que la que hay en lo que le es útil, y que incluso como eudemonista pone meramente en la utilidad y en la propia felicidad, no en la representación del deber, el supremo fundamento determinante de su voluntad. Pues como cada hombre se hace conceptos distintos de lo que incluye en la felicidad, es justamente el egoísmo quien llega a no tener ninguna piedra de toque del verdadero concepto del deber, el cual ha de ser absolutamente un principio de validez universal. Todos los eudemonistas son, por ende, egoístas prácticos. Al egoísmo sólo puede oponérsele el pluralismo, esto es, aquel modo de pensar que consiste en no considerarse ni conducirse como encerrando en el propio sí mismo el mundo entero, sino como un simple ciudadano del mundo.
Esto es lo que pertenece sobre este asunto a la antropología. Pues por lo que concierne a esta distinción desde el punto de vista de los conceptos metafísicos, cae totalmente fuera del campo de la ciencia a tratar aquí. Si la cuestión fuese meramente de si yo, como ser pensante, tengo motivos para admitir, además de mi existencia, la de un todo de seres distintos de mí que se hallan en relación de comunidad conmigo (un todo llamado mundo), no se trataría de una cuestión antropológica, sino puramente metafísica


Orgullo
Por: Gaby Machuca.
El orgullo puede definirse de dos maneras, ya que es un concepto que puede tener un contexto positivo y un contexto negativo. Dentro del contexto negativo, se puede considerar como una actitud de superioridad hacia los demás. En un contexto más positivo, se puede definir como la apreciación de uno mismo, del trabajo que uno ha hecho y otros aspectos sin una actitud de superioridad.

El orgullo como soberbia
El orgullo que se considera en una connotación negativa puede ser sinonimo de la soberbia, arrogancia y vanidad. En general, se considera como un problema, ya que aisla a la persona de otros por la actitud de superioridad que puede tomar y puede ser característico de una persona más rígida o inclusive de una persona narcisista. La mayoría de los individuos lo ven como un defecto, ya que se considera como una actitud desadaptativa. Desde este punto de vista, se puede considerar inclusive como un pecado, si se adopta una visión del mundo basada en la teología católica, que declara el orgullo como uno de los siete pecados capitales, es decir, de los pecados más severos que puede haber.
Este uso de la palabra se ha vuelto muy común con grupos minoritarios, especialmente aquellos que han sido discriminados o menospreciados en la sociedad. El uso de la palabra orgullo implica que las personas celebran su pertenencia al grupo, que no sienten pena por esta parte de su identidad y que quieren ser aceptados por la sociedad. En general, el orgullo se ha utilizado como parte de diversos movimientos sociales.

... Via Definicion.mx: https://definicion.mx/orgullo/











Gabriela Medina

Su fascinación por el teatro, empieza a los seis o siete años de edad, gracias a que su madre, modista de alta costura que trabaja para actrices de ópera y teatro, se beneficia con entradas libres a las funciones teatrales, a las que la niña también concurre. Pero la madre no aprueba la idea de que la hija estudie algo que le brinda tan poca estabilidad, y la convence de estudiar en la Escuela Normal nº2 de Santiago, donde se titula de profesora de la enseñanza primaria. No dura mucho tiempo, en embargo, en el área de la educación, y en la década de 1960 entra a estudiar en la Escuela de teatro Teknos de la Universidad Técnica del Estado, y logra actuar profesionalmente a partir de 1965.
En 1976 vive uno de sus mayores triunfos teatrales: su actuación en La familia de Marta Mardones, de Fernando Cuadra. Llama entonces la atención de los productores de televisión de Canal 13, quienes la llaman para participar en telenovelas (Bienvenido Hermano AndesLos títeres y Ángel malo, entre muchas otras). Luego, en la década del 80 llega el cine. Sus primeros trabajos en este ámbito tienen muy poca difusión, ya que tocan temas censurados por la dictadura, como el exilio o los detenidos desaparecidos. A fines de los 90, regresa a la pantalla grande con el filme Gringuito, de Sergio Castilla. Después vienen los exitosos y laureados filmes Coronación, de Silvio CaiozziSub terra, de Marcelo Ferrari y Machuca de Andrés Wood. Su actuación en la película de Caiozzi le valió el premio a Mejor actriz de reparto en 2000, otorgado por la Asociación de Periodistas de Espectáculos, APES.

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